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    Tretas Metodológicas de la Crítica Literaria
    Autor: Santiago Escuain
     

    La perspectiva atea niega de entrada que Dios exista. Por lo tanto, Dios no podría haberse manifestado a Adán, ni pudo haberse revelado a Noé, ni a Abraham, ni a Moisés. Es necesario entonces inventar una historia plausible acerca de cómo pudo haberse originado el Pentateuco, y como se forjó la nación de Israel, todo ello negando la verdadera historicidad de la estancia de Israel en Egipto, de la peregrinación de Israel en el desierto, de la Conquista de Canaán, y del tiempo de los Jueces, lo cual se nos relata en el Pentateuco y el libro de Josué.

    Estos libros son entonces asignados a una redacción muy posterior, y son considerados como leyendas, por cuanto los acontecimientos milagrosos de que se hacen eco son considerados de antemano como imposibles.

    Todo análisis literario se hace desde la premisa de que no puede haber profecía. Por tanto, los pasajes proféticos de Pentateuco (Génesis 49, Deuteronomio 32, 33, etc.) son necesariamente asignados, debido a esas presuposiciones, a períodos muy tardíos.

    Lo mismo sucede con los pasajes predictivos de Isaías y Daniel. Al examinar esos libros desde una postura atea, los críticos disciernen diferentes fuentes para Isaías, con un primer, segundo y tercer autores, o más, en distintos tiempos de la historia. Se considera que la profecía fue dada después del acontecimiento, para concordar con el mismo. Todas las justificaciones literarias de este proceder son ad hoc y totalmente arbitrarias. El ateísmo es la causa de esta crítica, no su consecuencia. Con una premisa atea, no es de extrañar que salgan tamañas conclusiones.

    Con respecto al Nuevo Testamento, que da testimonio de la Persona, dichos, milagros y resurrección de Cristo, la postura atea conlleva una negación de entrada de la sola posibilidad de todo lo dicho. Naturalmente, se ha de dar una explicación al origen del Nuevo Testamento, cuya sola existencia es uno de aquellos hechos tercos de la historia. Para hacerlo desde una perspectiva atea se procede a la negación de que los escritos del Nuevo Testamento sean un verdadero testimonio ocular de los hechos. Se asignan los evangelios a la reflexión de la comunidad cristiana acerca de situaciones vitales en que se encontraban, y a la invención de milagros y dichos de Jesús para aplicarlos a sus situaciones vitales concretas. Así, hacia el segundo siglo estarían circulando historias en <> concretas que finalmente fueron refundidas, y que constituyen un testimonio histórico de una fe mítica de la iglesia, pero en manera alguna el testimonio fidedigno acerca del verdadero Jesús de Nazaret.

    De nuevo, la realidad es que las evidencias niegan la anterior especulación. Se ha llegado a ella por la negación de principio de que lo milagroso, lo divino, pueda ser realidad.

    Pero la evidencia histórica, los datos arqueológicos y la misma estructura interna de los relatos no permiten llegar a estas conclusiones. Lo mismo que con el evolucionismo, en el que un examen cándido de los hechos hace surgir todas las dificultades e imposibilidades de la pretensión evolucionista, los datos de la revelación se resisten a la manipulación crítica. Estas conclusiones son necesarias sólo si se mantiene dogmáticamente, de entrada, la imposibilidad de que Dios haya creado al hombre, le haya revelado Su voluntad, y que el hombre haya caído realmente; que a continuación, Dios se haga hombre, se revele, manifieste Su trascendencia sobre todo lo creado, y sobre la vida y la muerte.

    ¡Esta postura pretende ser intelectualmente abierta! En realidad, es de una total cerrazón metodológica. Niega en principio lo que luego pretende negar como conclusión. No hace un examen de toda la evidencia, sino que descarta selectivamente, de entrada, toda evidencia de lo sobrenatural, de lo milagroso, al no cuadrar con el previo principio metodológico escogido de negación de Dios, el Naturalismo.

    Con esta postura se niega toda la esperanza que Dios realmente ha dado a todo ser humano que acuda a Él, echando a un lado su soberbia y sus cojas excusas pretendidamente intelectuales.

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